"Creo que en cualquier época yo habría amado la libertad, pero en los tiempos que corren me inclino a adorarla" (Alexis de Tocqueville)

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martes, diciembre 11, 2007

El PSOE vota para que ETA siga sentada en los ayuntamientos, cobrando dinero de todos los contribuyentes (actualizado)

Intervención íntegra de Ignacio Astarloa ante el Congreso de los Diputados, el día en que se cumplen veinte años del terrible atentado terrorista de la Casa Cuartel de Zaragoza, en la que fueron asesinados hombres, mujeres y niños:

El pasado sábado, 1 de diciembre, ETA asesinó vilmente a los Guardias Civiles Raúl Centeno y Fernando Trapero, a los que mi Grupo quiere desde esta tribuna rendir homenaje y trasladar a sus familiares y a la Guardia Civil nuestra máxima solidaridad y cariño.

Ese mismo sábado, nos reunimos en el Congreso los Grupos parlamentarios para condenar juntos el crimen y convocar a toda la sociedad española a derrotar al terror.

La unidad para derrotar a ETA es fundamental. Los ciudadanos lo saben y por esa razón la demandan. Pero también saben y demandan que la derrota de ETA no es una expresión meramente retórica vacía de contenido, un eslogan de ocasión o distracción, ni un lema para salir del paso en una convocatoria aislada en momentos de especial conmoción y tristeza.

La derrota de ETA es ni más ni menos que el principal objetivo que tiene nuestro Estado Constitucional y Democrático. Derrotar a ETA es lo contrario de negociar con ETA y exige medidas plenas de contenido, concretas y eficaces.

Sabemos cuales son porque muchas las hemos aplicado en el pasado con eficacia. Hace 4 años, unidos contra el terrorismo estábamos acabando con ETA, en el seno del Pacto Antiterrorista, con una política antiterrorista de firmeza sin resquicios en la persecución de los terroristas y de todo su complejo entramado de “brazos y aparatos”. La política que el Estado de Derecho ejecutaba, sin salirse un milímetro de la ley, asfixiando y acorralando a los pistoleros y a sus cómplices, llevándoles a la situación de mayor debilidad de su historia.

Por eso hoy, desde esta sede de la soberanía popular, como antes hemos hecho tantas veces en público y en privado, invitamos a todos a pasar de las palabras a los hechos y a concretar la unidad en la dirección inequívoca e inexorable de la derrota del terror.

Es, seguramente, Señorías, la última ocasión de esta Legislatura para que los terroristas reciban un mensaje inequívoco sobre lo que les espera. Un mensaje bien distinto al que han recibido hasta el día de hoy, durante estos tres años y medio. Aprovechémosla y dejemos claras para siempre, todos juntos algunas cosas muy elementales, que nunca debieron ponerse en cuestión:

- Que con los terroristas no se va a negociar nunca.

- Que los terroristas no pueden ser alcaldes, diputados, ni concejales, ni financiarse con los impuestos que pagamos todos.

- Que el camino de la derrota pasa por la aplicación implacable de la ley, por lo que, no sólo no se va a seguir acomodando la ley a las circunstancias de la negociación con el terror, sino que vamos a volver al camino de perfeccionar los mecanismos legales para cerrar cualquier espacio de impunidad o de ventaja.

Eso es lo que propicia esta proposición no de ley, con las enmiendas que hemos añadido a la misma, abriendo el camino unitario a la derrota efectiva de ETA con las medidas que requieren más urgente aplicación.

Mejoremos nuestra legislación, declarando la imprescriptibilidad de los delitos de terrorismo y evitando que el terrorista alimente su impunidad con la esperanza de que el paso del tiempo le permita eludir la acción de la justicia. Todo terrorista sabrá así que le llegará, sin excepción, su rendición de cuentas.

Clausuremos el tiempo de las “jugadas políticas” sobre partidos de terroristas medio legales y medio ilegales. El Fiscal y el Abogado del Estado deben poner hoy mismo sobre la mesa del Tribunal los abrumadores datos acumulados desde hace meses, años ya, sobre la fraudulenta continuidad de ETA-Batasuna por unos ANV y PCTV que no han condenado tampoco los dos últimos asesinatos, dada su condición de instrumento político del terror, y a los que se ha permitido volver a las instituciones.

Y, lo más importante, la clave de todo lo demás, lo que ha dado sentido a tanta cesión y tanto retroceso: revoquemos la autorización parlamentaria para negociar con los terroristas, aprobada, en mala hora, en 2005.

Con el cambio de la política antiterrorista de la derrota a la negociación, no hemos avanzado, ni podemos avanzar. Dijo el Presidente del Gobierno hace ahora casi un año que estábamos mejor con esa negociación y que mejor íbamos a estar. Estaba gravemente equivocado, como con tantos otros episodios que hemos vivido durante el fracasado proceso y que no quiero recordar ahora. Y ahora que los pistoleros nos amenazan con una nueva oleada de bombas y tiros en la nuca, es momento de clausurar lo que nunca debió abrirse.

Esta es, sencillamente, la última oportunidad para que el presidente Zapatero, su Gobierno y su mayoría cierren para siempre la puerta a la negociación con ETA.

Ir a unas elecciones con el Congreso de España manteniendo esa puerta abierta al diálogo con ETA sería el peor balance imaginable de esta Legislatura y una quiebra de lo que ha sido sustancial durante treinta años de democracia. Cerremos de una vez esa expectativa y dejemos nítidamente claro que con diálogo no hay derrota posible, mientras que sin diálogo, la derrota de ETA es segura.

La expectativa del diálogo mantiene viva la esperanza de los criminales de que obtendrán lo que persiguen y alimenta su perseverancia en el terror. Es la política de la derrota la que les anuncia su final. Es la hora de que, unidos contra esta pesadilla, la practiquemos todos juntos, sin dudas, rémoras, ni fisuras. Pongamos un final sensato a esta Legislatura tan poco sensata y dejemos establecida la certeza de que, gane quien gane las próximas elecciones, los terroristas no pueden esperar ninguna negociación sino la derrota definitiva del terror con las únicas armas de la ley, la libertad, la democracia y la justicia para las víctimas


Mucho me temo que el resto de los grupos, con el partido de Z a la cabeza, prefieran mirar hacia otro lado. Hacia el lado del "proceso" con la ETA. Espero equivocarme.

Actualización

Lamentablemente no me he equivocado. El PSOE junto a sus socios comunistas y nacionalistas ha vuelto a rechazar, una vez más, iniciar el proceso de ilegalización de los botones de la ETA. También ha votado en contra de que los delitos de terrorismo no prescriban.

jueves, octubre 04, 2007

Intervención íntegra José María Aznar durante la presentación del último libro de Muñoz Alonso


Veo muchas caras conocidas hoy aquí. Muchas gracias a todos por vuestra presencia. Y gracias a todos los que no he nombrado y que habéis encontrado tiempo para acompañarnos esta tarde en la presentación de este libro de nuestro buen amigo, Alejandro Muñoz-Alonso.

Y muchas gracias, sobre todo, al autor. Me alegro mucho de que nos veamos hoy todos aquí porque la tarea que relata “España en primer plano”, el nuevo libro de Alejandro, fue un trabajo que impulsamos entre todos. Una labor que tenía como objetivo primordial mejorar España cuando el Partido Popular obtuvo de los ciudadanos la confianza para dirigir el Gobierno de la nación. Una tarea de la que, sinceramente, estoy profundamente orgulloso porque creo que tuvo éxito. Un éxito que no fue del Gobierno, ni del Partido Popular, sino de toda la sociedad española.

Como Gobierno de la nación, quisimos contribuir a hacer de España una de las mejores democracias del mundo. Esto es lo que cuenta el libro. Y creo que logramos que España pasara al primer plano de la escena internacional. Que España contara, que España fuera una referencia importante en el plano internacional, una voz escuchada y respetada por las principales democracias del mundo. Creo que logramos que España fuera escuchada y respetada por nuestros socios y aliados. Conseguimos que España fuera considerada un aliado leal, un país amigo del que uno se podía fiar. Logramos asimismo que España fuera tomada en serio por los que ni son socios ni son aliados; y también por los que no respetan ni la democracia ni las reglas del derecho internacional.

He pasado muy buenos ratos leyendo “España en primer plano”. Puedo recomendarlo porque es un buen libro, sólido y bien documentado. Me ha acompañado en varios trayectos de mis muchos viajes. Me ha traído a la memoria muchos detalles que ya casi ni recordaba. Y me he reafirmado, aun más si cabe, en la convicción de que España, esta gran Nación nuestra que es España, merece estar en el primer plano de la política internacional. Lo merece por nuestra Historia, por nuestro peso económico, por nuestros intereses nacionales, por el dinamismo de la sociedad española. Lo exige también nuestra situación geográfica.

Creo, además, que el regreso de España al primer plano de la escena internacional es la consecuencia lógica del gran éxito histórico que ha sido la Transición a la democracia. Pero, sobre todo, España merece y necesita estar en el primer plano de la política internacional si quiere apostar por su futuro, por tener un gran futuro como país. Los españoles hemos demostrado que somos una nación valiente, pujante, trabajadora, emprendedora y capaz. Somos la nación más antigua de Europa, una de las grandes naciones europeas. Somos la patria que comparte su lengua común con cientos de millones de personas. Podemos enorgullecernos del legado de Cervantes, Velázquez, Goya, Picasso, Dalí… y de tantos otros. Somos la octava economía del mundo, el segundo mayor inversor del mundo en América Latina.

Esta gran nación que es España no puede jugar en segunda o tercera división. No merece quedar relegada a relaciones internacionales de “cumbres” menores, con interlocutores de segundo y de tercer rango, a los que, además, se presenta como los máximos mandatarios imaginables. España no merece quedar relegada de nuevo al rincón de los países que no cuentan, que no deciden, a los que nadie escucha. España no merece haber regresado de nuevo al club de los países irrelevantes, del que desgraciadamente hemos formado parte durante demasiado tiempo.

En la Transición, los españoles dijimos muy claro que queríamos que España fuera un país normal, decidimos ser una democracia homologada y homologable internacionalmente. No queríamos ser diferentes. Queríamos ser como los demás. Y, luego, como los mejores. Queríamos integrarnos, participar, y tener también la aspiración de decidir. Queríamos que la voz de los españoles se escuchara y contara lo mismo que la de los franceses, los británicos, los alemanes. Ni más, ni menos. Porque ser españoles no podía seguir siendo una excusa para mantener el micrófono apagado y dejar que hablara el siguiente. Decidimos apostar por ser lo que somos: europeos, iberoamericanos y atlánticos. En suma, por ser occidentales.
Queridos amigos,

La Transición fue el triunfo del deseo de convivir en libertad frente a la tentación del revanchismo, la radicalidad y la confrontación. No ocurrió por casualidad. Como dijo Julián Marías, “los españoles dejamos de preguntarnos qué nos va a pasar y empezamos a preguntarnos qué podemos hacer juntos”. Hoy, desgraciadamente, los españoles se preguntan de nuevo qué nos va a pasar en vez de preguntarse qué podemos hacer juntos. Hoy, que vivimos tiempos de deslealtades, esa gran operación de integración con lealtad que fue la Transición cobra una especial relevancia y actualidad. Decidimos construir nuestro futuro sobre la base de la continuidad histórica de la nación española, y hacerlo con la decisión leal de que eso no debía ser cuestionado por nadie. Sin esa continuidad histórica, sin la pervivencia de nuestra nación, no habrá un futuro de libertad, estabilidad y prosperidad para los españoles.

No sería leal con mi conciencia si no expusiera mi máxima preocupación por los acontecimientos que hoy se están viviendo en España. Si no expusiera mi preocupación por la amenaza secesionista, por la quiebra del Estado, por la fragmentación del sentido nacional. En definitiva, porque estamos viviendo una gran crisis nacional.

Queridos amigos,
Desde el comienzo de la Transición, tuvimos la inmensa suerte de que la Corona, símbolo de la unidad de la nación, se pusiera al frente de este gran proyecto de cambio para que España recuperara la libertad y un lugar preeminente en el mundo.

Hoy vemos cómo se ataca interesadamente a la Monarquía de todos y cómo, en otro alarde de frivolidad, se inhiben quienes tienen el deber constitucional de defenderla. Hoy vemos cómo los quieren acabar con España han decidido acabar primero con todos sus símbolos. Y vemos cómo quienes debían defenderlos, porque es su primera obligación, ofrecen diálogo y comprensión a secesionistas de toda índole y condición. En estos días, sobran los motivos para agradecer a su Majestad el Rey la tarea realizada durante estos años en pro de la convivencia en libertad de los españoles y de la proyección de España en el mundo.

Y sobran también motivos para desear, y para confiar en ello, que la Corona pueda seguir desempeñando en el futuro el mejor papel de garante de estabilidad, progreso y convivencia de la sociedad española. Estos años de éxito compartido demuestran, sin atisbo de duda, que a España le conviene la Monarquía Constitucional.

Queridos amigos,
Cuando los españoles nos confiaron la responsabilidad de gobernar España, lo primero que hicimos fue marcarnos un gran objetivo nacional: que España se incorporara desde el primer momento a la moneda única europea, al euro. Lo logramos entre todos, con el esfuerzo de todos los españoles. Creíamos que España lo podía lograr y que los españoles merecían jugar en la primera división europea. Aunque algunos pretendan ahora contarnos otra historia, la economía española no cumplía, en 1996, ninguna de las condiciones necesarias para ingresar en el euro. Adaptar las maltrechas cuentas públicas que nos encontramos para cumplir las condiciones de ingreso en la moneda única europea fue lo primero que tuvimos que hacer.

Nos dejaron una economía que no cumplía ninguno de los requisitos de Maastricht: el déficit público era del 6,7% del PIB; la deuda pública, del 64% del PIB; los tipos de interés, del 15%. Dejaron facturas sin pagar en los cajones de los ministerios por importe de casi un 1% del PIB.

Dejaron algo más, esos que presumen de ser tan sociales: pusieron en gravísima amenaza las pensiones de nuestros mayores. El sistema de pensiones estaba en situación de suspensión de pagos en 1996, hasta el punto de que tuvimos que pedir un préstamo a la banca privada para poder pagar la pensión de diciembre. Recuerdo que la tasa de desempleo era del 23%. La tasa de paro de los jóvenes, del 50%; la tasa de paro femenina, del 35%. La catadura moral de los mismos que nos dejaron esa dramática situación económica es la que les permite hoy hablar de “despensas”.

Ellos recibieron una economía creciendo por encima del 3%, con superávit presupuestario, con mucha menos deuda pública, con cinco millones de empleos más, con una inflación del 2%, con tipos de interés del 2%, con superávit en la Seguridad Social y con una hucha de las pensiones llena de euros. Les dejamos una buena despensa. Ellos, en algunos ministerios, no es que dejaran la despensa vacía. Es que se llevaron hasta la despensa. Esto los españoles lo saben. Saben, porque lo demostramos, que hay otra forma de hacer las cosas. Saben que es posible crecer y reducir el déficit y la deuda pública. Saben que es posible bajar los impuestos. Comprobaron que es posible privatizar empresas, liberalizar la economía, eliminar monopolios y fomentar la competencia, y que así mejora la calidad de los servicios a la vez que se pueden reducir las tarifas y los precios.

Nosotros demostramos que la mejor política social es la creación de empleo, y que confiar en la responsabilidad de las personas da mejores resultados que la demagogia. Y gracias a esta política seria y respetable España recuperó el crédito en Europa y en el mundo. Porque siempre hay que recordar que no hay mejor política exterior que una buena política nacional, y ésta es la que impulsa la confianza, la unidad, la fortaleza, la cohesión y el progreso real.

Nosotros demostramos que cuando se da confianza a los españoles, la sociedad española responde. Pero cuando no se cree en la nación española, y no se tiene una política nacional, es imposible trazar una política exterior que sea algo más que la personificación de la nada.

Queridos amigos,
Nuestra política exterior arrancó con el gran objetivo de entrar en el euro. Y el euro es hoy el primer pilar que garantiza la fortaleza, la credibilidad, la confianza y la solvencia de la economía española en Europa y en el mundo. Entramos en el euro y dejamos de ser ese simpático país sureño que, en Europa, actuaba sólo de figurante.

Un ministro socialista resumía, con innegable gracejo, que la política exterior que él dirigía consistía en “hablar los quintos”. Después de oír las decisiones de los países grandes de la Unión, España adoptaba una posición equidistante y tibia.

Optaba por una política acomodaticia que algunos hoy añoran cuando ven a lo que hemos llegado. La actual, para sonrojo general, es una política exterior cuyos éxitos pueden medirse cronometrando el tiempo de los saludos protocolarios. Es lo que ocurre cuando en vez de pensar en los intereses de España se ocupa el tiempo en revolver en los cajones de la Historia –o, más bien, en los cajones de algún despacho- en un intento de justificar injurias y calumnias.

El resultado de todo eso es que en lugar de estar junto a las democracias más antiguas del mundo se está con los tiranos más viejos del planeta y con los que aspiran a seguir su camino.

Sé que una de las cosas que algunos me critican es que diera tanta importancia a la política exterior. Se la di y se la doy porque creo en España, y porque está demostrado que los mejores momentos de la Historia de España se han producido cuando nuestra nación se ha comportado como un país abierto, con sólidos aliados, como un país en el que se podía confiar. Y con nosotros en el Gobierno, en España se podía confiar.

Esa apuesta de futuro, por ser una España previsible y fiable, arrancó en la Transición y se mantuvo en lo fundamental hasta 2004. Cuando llegamos al Gobierno, la posición de España en el mundo no sólo nos permitía estar, sino también nos permitía tener la ambición de avanzar y de contribuir a las decisiones.

Respondimos a esa ambición para que España pasara de ser testigo a ser actor; para que España fuera una referencia de cambio económico, para que España jugara en la primera división de Europa. Todo eso exige asumir responsabilidades internacionales. Las asumimos y España se situó en el mismo plano de decisión internacional que las principales democracias occidentales. Y quiero decir que tengo una fundada convicción de que España recuperará muy pronto ese rumbo de nación seria y fiable con la victoria del Partido Popular en las próximas elecciones.

Nuestra apuesta fue muy clara. Teníamos, y tenemos, una idea de Europa cuyo norte es la libertad. Y creíamos que España debía defenderla con firmeza: en la economía, en la garantía de seguridad y justicia, y en el papel de Europa en el mundo.

Creíamos y creemos en una Europa para la que el fortalecimiento del vínculo trasatlántico ha sido, y sigue siendo, vital para nuestros intereses como país. El vínculo atlántico es importante para toda Europa, pero para España lo es muy especialmente.

Queridos amigos,

Cuando llegamos al Gobierno decidimos sacudirnos de encima ese victimismo que oculta el miedo a la apertura económica y a la competencia. Nosotros sabemos que son las economías abiertas las que hacen a las sociedades prósperas.

Decidimos también superar ese europeísmo hueco de declaraciones retóricas que buscan en la bandera de Europa lo que no se es capaz de reivindicar en la bandera de España, en nuestra bandera. Que buscan esconder bajo la bandera de Europa una injustificada falta de confianza en nuestro país. Creemos en la apertura económica y en la competencia como motores de prosperidad y progreso real. Por eso fuimos promotores de la Agenda de Lisboa: para revitalizar la economía europea y para intentar convertir a Europa en la economía más próspera del mundo.

Queríamos una Europa de ciudadanos que pudieran disfrutar de su libertad con seguridad. Queríamos que los terroristas y todos los que les amparan fueran señalados y perseguidos, y dejaran de aprovecharse de las ventajas del espacio común europeo. Por eso impulsamos con toda determinación en muchos consejos europeos la creación de un verdadero espacio de Libertad, Seguridad y Justicia en Europa.

Porque creemos en la Europa de naciones democráticas defendimos el derecho de los países del Centro y del Este de Europa, que durante tantos años soportaron la opresión del totalitarismo comunista, a unirse al club de democracias libres que es la Unión Europea. Y a garantizar la seguridad de todos en el seno de la OTAN.

Por eso apostamos por la reunificación en libertad de Europa, uno de los acontecimientos de los que más satisfecho me siento. Es de justicia decir que tuvimos que vencer reticencias de quienes veían una amenaza para nuestro bienestar en lo que se ha demostrado que era una gran oportunidad de libertad y de progreso.

Queridos amigos,
Europa protagonizó innumerables espectáculos bochornosos durante el siglo XX, y también un puñado de memorables episodios épicos. Uno de los más gratificantes entre estos últimos fue el derribo del Muro de la Vergüenza. Aquella victoria de la libertad frente a la tiranía, del coraje frente a la opresión, de la democracia frente al comunismo nos obliga a todos, como europeos, como españoles y, sobre todo, como demócratas a estar muy alerta para plantar cara desde el primer momento a los enemigos de la libertad.

Esa determinación a favor de la libertad nos animó, nada más llegar al Gobierno, a integrarnos plenamente en la estructura militar de la Alianza Atlántica. No dejaba de ser chocante que fuéramos miembros de una alianza de naturaleza militar sin participar en su estructura militar. La OTAN, quiero decirlo muy claro, es una alianza de democracias conscientes de que la libertad exige constante vigilancia y voluntad de defenderla.

La geografía y la Historia cuentan. España no puede entenderse sin América. Uno de los grandes logros de la política exterior de la Transición fue hacer una apuesta decidida por Iberoamérica. Con ese legado, nuestra tarea consistió en defender para los países de Iberoamérica lo mismo que queremos para nosotros: un Estado de Derecho, una democracia liberal sólida, naciones de ciudadanos libres e iguales, apertura económica como motor de desarrollo, economía de libre mercado, libertad de prensa, justicia independiente; en definitiva, instituciones sólidas y creíbles.

Nuestra política hacia Iberoamérica tuvo tres focos: asentar la libertad y la democracia en todas sus naciones; promover la apertura de la región a la economía global porque ése es el mejor método de crear prosperidad, bienestar y luchar contra la pobreza; e impulsar una comunidad de naciones que es una fuente de oportunidades inmensas. También quisimos la libertad y la apertura para Cuba. El ejemplo más anacrónico del comunismo en el mundo pervive aún hoy en Cuba; un país que a todos los españoles nos es especialmente querido.

Los cubanos desean y merecen vivir en libertad. Espero y deseo que ese anhelo de libertad pueda llevarse adelante, y ver muy pronto una Transición hacia la democracia en Cuba. Los cubanos tienen el mismo derecho que nosotros a la democracia y a la libertad, tal como el formidable ejemplo de los disidentes nos muestra cada día. Frente a ese ejemplo de coraje, es muy triste ver cómo hoy el Gobierno de España simpatiza con los dictadores e ignora a los disidentes. Cuando Cuba recupere muy pronto su libertad, que la recuperará, habrá algunos a los que los cubanos no les deberán nada. Es un insulto a todos los que han luchado por la libertad que en el día de la Fiesta Nacional española la embajada de España en Cuba no invite a los disidentes. Es un insulto que produce sonrojo. Cuba, estoy seguro, recuperará muy pronto la libertad. Y entonces nada les deberá a algunos.

Queridos amigos,
Porque la Geografía y la Historia cuentan quisimos hacer la política más responsable hacia el Magreb. Una política basada en el respeto mutuo y en la reciprocidad. Logramos mantener, pese a desencuentros que nadie puede negar, una relación de cooperación con nuestros vecinos del sur. Y ésa era la mejor política para lograr la estabilidad y el progreso de la zona, basándonos en la legalidad internacional. Esta política se había mantenido desde la Transición.

Hoy vemos que el cambio en la tradicional posición española sobre el Sahara está alimentando la inestabilidad en la región. Y vemos cómo el mismo que se jactó de que iba a resolver en seis meses el problema del Sahara, no sólo asiste a su fracaso sino que incumple con la responsabilidad histórica de España contraída con el pueblo saharaui.

Queridos amigos,

Debo reconocer que ni yo, ni los Gobiernos que tuve el honor de presidir, ni el partido político del que soy un disciplinado militante, tuvimos nunca esa curiosa habilidad malabar que permite defender a la vez una cosa y la contraria. Esa supuesta habilidad que permite, por ejemplo, oponerse primero -frontal y demagógicamente- a la decisión del Gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo para que España se integrara en la OTAN; pasar justo después a enarbolar la pancarta de “OTAN, de entrada, no”; defender luego que el mejor interés de España era quedarse en la OTAN, pero quedarse con un pie fuera, y culminar el número de equilibrista circense con uno de sus más relevantes ex ministros ascendido a secretario general de la OTAN.

Por cierto, ése fue el secretario general de la OTAN que ordenó el bombardeo de Belgrado. Cumplió con la responsabilidad que le fue asignada, y su partido entonces, eludiendo en aquel momento la demagogia a la que nos tienen acostumbrados, le apoyó, incluyendo quien hoy ocupa otra secretaría general, la del partido que ambos comparten, que apoyó aquel bombardeo. Y eso que -por cierto- aquel fue un bombardeo realizado sin el mandato explícito y previo de la ONU que –también por cierto- poco después se reclamaría como imprescindible para cualquier intervención internacional.

No. Nosotros no somos manipuladores de la política. Sólo somos gente previsible, con principios sólidos y convicciones. Defendimos, nada más llegar al Gobierno, la plena integración de España en la estructura militar de la OTAN; buscamos –y logramos- una estrecha relación de amistad y cooperación con los Estados Unidos, tanto durante el mandato de Bill Clinton como durante el mandato de George Bush.

Admito que una de mis convicciones más firmes –avalada por los hechos, además- es que el terrorismo es hoy la principal amenaza a la libertad en el mundo. Humildemente, pero con toda determinación, pedimos ayuda y comprensión a nuestros socios y aliados para hacer frente a la lacra del terrorismo que sufrimos en España desde hace tantos años. Y con la misma humildad, y con la misma determinación, aceptamos la responsabilidad de ayudar a nuestros socios y aliados cuando nos pidieron apoyo en la lucha contra el terrorismo global.

Sé que hay otras formas de hacer política. Por ejemplo, se puede –para asombro general del mundo- decir que para luchar contra el terrorismo no hay nada tan eficaz como la igualdad de género. Y decir algo así justo antes de comparecer, nada menos, que ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. Desde luego, el asombro general del mundo se logra. También se puede, por ejemplo, ser un candidato a presidente del Gobierno que dijo solemnemente a principios de 2004 que si no se aprobaba antes del verano una resolución de la ONU amparando la presencia de tropas en Irak, él retiraría esas tropas. Se puede, justo al ser elegido, olvidar esa condición auto impuesta para la retirada y, al comprobar que esa resolución estaba a punto de ser aprobada, ordenar salir a nuestros soldados a toda velocidad, casi en huida, antes incluso de que los nuevos ministros juren sus cargos. Se puede viajar luego a Túnez para recomendar hacer lo mismo a todos los aliados de un país amigo, y dejarle solo y vulnerable ante el terrorismo.

Y se puede, en un “no va más” de la manipulación política, votar en junio, es decir, antes del verano, en el Consejo de Seguridad de la ONU, a favor de esa resolución que no sólo ampara la presencia de tropas para estabilizar Irak sino que, además, pide a todos los países el máximo esfuerzo para ayudar a la democratización y a la seguridad de ese país. A todos los países menos al propio, faltaría más. El colofón de juegos malabares tan sofisticados es que, después, las únicas referencias internacionales que pueden mostrarse son caducas dictaduras o dirigentes populistas con tics totalitarios.

Al final, son España y su prestigio quienes pagan los platos rotos. El coste de demostrar que se es cualquier cosa menos previsible lo han sufrido todos los españoles. La proclamada vuelta al corazón de Europa, ya como miembros del euro, se ha traducido, entre otras cosas, en la pérdida de fondos estructurales para España. España ha perdido 40.000 millones de euros, que se dice pronto. Quien negoció los fondos europeos 2007-2013 perdió el 90% de lo que nosotros conseguimos en Berlín. Se ha perdido el equivalente a toda la inversión en infraestructuras del Estado en toda España durante cuatro años.

Un “brillantísimo resultado”, sin duda, del que igual hasta se sienten “muy orgullosos”. Lo “mejor” de todo, entre comillas, es que ese dinero no ha ido a parar a los países pobres de la Unión. No. Se lo han ahorrado los más ricos. Todo el mundo sabe que negociar en Europa es un ejercicio duro, que cuesta horas, que no es especialmente agradable. Pero merece la pena cuando se tienen claros los intereses nacionales. Pero cuando esto no ocurre, vemos cómo se anulan cumbres con Alemania -nada menos que con Alemania- porque no se tiene de qué hablar. O con Polonia… porque se está muy cansado.

Queridos amigos,
He de reconocer que nosotros no ofrecemos tanto espectáculo. Somos previsibles. Defendemos valores como el trabajo duro, el esfuerzo, el mérito, la iniciativa, la capacidad y la responsabilidad individual. Como políticos, decimos lo que queremos hacer y, como tenemos palabra, cumplimos. Lo admito, con nosotros son difíciles las aventuras locas y muy fáciles las certezas.

Queríamos tener voz propia en Europa y la tuvimos. Defendíamos el atlantismo y fuimos consecuentes. Estábamos comprometidos en la lucha contra el terrorismo y actuamos en consecuencia. Queríamos abrir la economía española al mundo, y España es ya (o aún sigue siendo) la octava potencia económica del mundo. Ofrecimos nuestra ayuda a todos los países de Iberoamérica para convencer al mundo de que son parte de Occidente -que no deben ser tratados como algo exótico o excéntrico- y lo cumplimos.

Queridos amigos,

Alejandro Muñoz-Alonso nos cuenta en su libro, con el detalle y la minuciosidad del profesor universitario que es, lo que hicimos y cómo lo hicimos. Ahora queda lo más difícil, y esto ya no lo cuenta Alejandro en su libro. Queda recomponer los platos rotos, recuperar la confianza de nuestros aliados, volver a ser ante el mundo un país del que uno se puede fiar. Queda recuperar, también en política exterior, la senda que España tomó con la Transición y que se ha quebrado por la irresponsabilidad de los actuales gobernantes.

Los españoles saben para esa difícil tarea de volver a poner a España en primer plano pueden contar con Mariano Rajoy y con el Partido Popular. Ésta es la condición necesaria y está ya al alcance de la mano. Pero no será suficiente. Porque un país serio es el que mantiene una política exterior coherente y sostenida en el tiempo. Y para eso se necesita un Partido Socialista que vuelva a creer en España y a defender sus intereses como la gran nación que es.

Defender esta gran nación que es España era, y es, nuestra ambición. Si nos quieren criticar, que nos critiquen. Aunque mejor sería que lo hagan por otras cosas, y no por intentar convertir a España en una de las mejores democracias del mundo.

viernes, julio 13, 2007

Discurso de José María Aznar

DISCURSO PRONUNCIADO POR JOSÉ MARÍA AZNAR AL SERLE ENTREGADO EL X PREMIO A LA CONVIVENCIA DE LA FUNDACIÓN MIGUEL ÁNGEL BLANCO.

Todos los españoles recuerdan qué hacían aquel día de julio. Nunca se nos olvidarán aquellos días de horror que sacudieron la conciencia moral y ciudadana de todos los españoles de bien.

Compartimos la angustia de su familia.

Compartimos el dolor y la zozobra de sus compañeros, de mis compañeros, en el Partido Popular del País Vasco, decididos, sin embargo, a mantenerse en pié frente a los terroristas.

Compartimos, literalmente hombro con hombro, la movilización de toda una nación en la calle para afirmar su libertad, su derecho y su dignidad.

Compartimos esa reacción cívica que hizo aun más despreciable la miseria moral y la cobardía de los terroristas, de sus cómplices, de sus beneficiarios políticos y económicos; en suma, la miseria moral y la cobardía de ese gran asesino colectivo que actúa bajo la dirección de la banda criminal y que ha vuelto a instalarse en las propias instituciones del País Vasco de la mano de la debilidad y el oportunismo.

Muy cerca de aquí, partió la manifestación en la que participé para exigir en vano a los asesinos que dejaran de serlo, al menos por un instante, ese instante en el que consumaron su odio disparando a Miguel Ángel Blanco.

Quería estar ese día en Bilbao. Era dónde tenía que estar y recuerdo todavía con emoción, la reacción agradecida de muchos ciudadanos en la Gran Vía que se sintieron respaldados por las Instituciones que tenían que defenderles.

También el entonces Presidente del Gobierno Vasco me pidió que viniera y ya entonces vimos los primeros síntomas de lo que vendría después cuando la representación nacionalista se negó a que camináramos juntos contra el asesinato anunciado de Miguel Ángel.

Del trío asesino que secuestró y asesinó a Miguel Angel Blanco quedan dos, afortunadamente en la cárcel. Digamos sus nombres, no dejemos que se olvide que dos sujetos, una apellidada Gallastégui y otro apodado “Txapote” viven pero no tendrán posibilidad de repetirlo en la persona de otro inocente.

Comprometamos nuestra dignidad y nuestra palabra para asegurar por todos los medios legales –nosotros nunca hemos utilizado otros- que los asesinos de Miguel Ángel Blanco cumplirán hasta el último día de su condena sin otro horizonte que vivir para recordar todos los días su crimen pero entre rejas.

Ellos no saben –otros tampoco parecen saberlo- que la última palabra es siempre de los resistentes.

De los que saben que hay principios y valores inamovibles si queremos seguir viviendo libres.

La última palabra es de los que no escatiman esfuerzos para responder a las exigencias que hay que estar dispuesta aceptar para defender la vida y la libertad.

La última palabra es de los que no se preguntan “por qué a mí”.


La última palabra es la que pronuncian la verdad, la generosidad, la dignidad y la decencia. Esa palabra de verdad, de dignidad, de generosidad y de decencia no se extinguió con la vida de Miguel Ángel.

Sigue viva en la persona de sus padres y de su hermana con los que tengo una deuda impagable de gratitud y admiración. Nunca olvidaré su firmeza y comprensión que en aquellos días nos permitieron hacer frente al desafío que los terroristas nos habían lanzado.

Fueron días de profunda amargura y de tristeza que hoy regresa. Ahora bien, que nadie crea que nuestro dolor es su victoria. Que sigamos doliéndonos de la pérdida de Miguel Angel no significa que olvidemos nuestro compromiso con todo lo que él significa.

Hace un año, en esta misma fecha, recordándole en la Fundación que presido, declaré con plena convicción a lo que nos obliga su memoria. Quiero recuperar en este momento aquellas palabras:

Como ciudadanos y amigos de Miguel Ángel Blanco, como compañeros de Miguel Ángel Blanco, ni toleraremos que se desprecie su memoria, ni prestaremos nuestro consentimiento para que todo lo que significó su sacrificio quede clausurado por las exigencias de una banda terrorista.

No seremos nosotros los que alentemos la mentira; menos todavía si la mentira se construye y se extiende en nombre de la paz.

No llamaremos a las cosas por nombres que no son; no contarán con nosotros para que los terroristas se burlen de la ley.

No escucharemos a los que hablan de perdón cuando en realidad quieren decir impunidad.

No olvidaremos que Miguel Ángel era inocente, era absoluta y completamente inocente y que sobre sus asesinos y sus cómplices cae toda y la única la responsabilidad del crimen.
Pues bien, lo que comprometimos recordando a Miguel Ángel, lo hemos cumplido.

Vosotros que día a día seguís en la primera línea de esta larga batalla por la libertad, sabéis mejor que yo lo que cuesta alzar la voz para decir que el emperador va desnudo.

Que no es verdad lo que nos dice, que al final del camino que se nos tienta a recorrer no encontraremos la libertad, ni la justicia sino que veremos esfumarse las esperanzas como un espejismo cruel.

Conocéis la soledad al advertir que las invocaciones a la paz son los cantos de sirena que ya no deberían embaucar a nadie.

Pero lo hicisteis y teníais razón. Y pueden aceptar muchas cosas pero que tengais razón, la razón política y la razón cívica, es superior a sus fuerzas.
Hoy es un día apropiado para que comprendan que no vamos a aceptar lecciones fácilmente, no por arrogancia sino por experiencia y sacrificio.

Aquellos días, la banda terrorista supo que podía ser derrotada. La reacción ciudadana fue la expresión auténtica del pluralismo de la sociedad vasca. No se podía soportar por más tiempo la complicidad que hacía posibles crímenes como el que acabábamos de vivir.

Los asesinos de Miguel Ángel Blanco pudieron ver que sus temores estaban felizmente justificados pues el Estado de Derecho con todos sus instrumentos, con la cooperación internacional y el referente de las víctimas impulsaba nuestra andadura difícil pero eficaz hacia la derrota de ETA.

Sin embargo la banda terrorista ha tenido suerte. Lo digo aunque pueda parecer desalentador. Pero ha tenido suerte. Porque cada vez que ha sido empujada al borde de su derrota, han aparecido para rescatarla de ese destino una legión de oportunistas muy escasos de escrúpulos, siempre pensando que podrían sacar algo que les beneficiara impidiendo que esa derrota se consumara.

Ocurrió en 1998 con un pacto incalificable en el que el nacionalismo hacía suyos los objetivos políticos de la banda. Los objetivos y, para decirlo todo, la coacción que ETA quería ver impuesta sobre los no nacionalistas. ¿O es que alguien pensaba entonces que el compromiso acordado con la banda para sacar de la vida pública al Partido Popular y al Partido Socialista se podría hacer sin coacción o amenaza?

Y ha vuelto a ocurrir ahora. Bien es cierto que hace nueve años los que protagonizaron semejante indecencia pueden alegar que no hubo traición porque nunca habían sido leales. Ya nos habían dicho que jamás aceptarían una Constitución española.

Aquel “espíritu de Ermua” que llenó de esperanza los corazones de millones de ciudadanos ha sido traicionado dos veces consecutivas. La primera vez en el Pacto de Estella, en 1998; la segunda vez… ¿cuándo fecharla? Es difícil saberlo. En algún momento, poco después de ser firmado el Pacto por las Libertades y el Terrorismo, en que uno de los dos partidos firmantes empezó a negociar en secreto con representantes de la banda terrorista y de su brazo político.

Diez años y pocas horas después de que un balazo asesino entrara por la nuca de un joven llamado Miguel Ángel Blanco, yo pregunto: ¿por qué se ha traicionado el “espíritu de Ermua”? ¿por qué se ha querido acabar también con la esperanza de vencer al terrorismo?

Y digo también: pese a esas dos traiciones el “espíritu de Ermua” sigue existiendo. Y está en el mismo sitio que estuvo: en los corazones y en la voluntad de millones y millones de españoles. De españoles de Bilbao, de Barcelona, de Madrid o de las Canarias.

Porque del “espíritu de Ermua” nunca fuimos protagonistas los políticos, sino el pueblo. El pueblo español, unido y determinado a no ponerse de rodillas. El “espíritu de Ermua” sigue ahí, aflorando cada vez que alguien se dirige directamente a los ciudadanos y les pregunta si quieren rendirse o si siguen queriendo vencer.

La respuesta sigue siendo la misma. Por eso ha habido que disimular tanto y negar tantas veces la realidad de un Gobierno dispuesto a aceptar la negociación y, por tanto, la derrota.

Ahora, insisto, ha vuelto a ocurrir. De nuevo, ETA ha visto cómo se abría una vía para escapar a su derrota en virtud de un cálculo oportunista y falso, pero no de un partido que se define a sí mismo como extraconstitucional, sino del propio Gobierno de la Nación.
Y de nuevo la ocultación como la consecuencia inevitable cuando se quiere mantener un proceso de negociación con la banda terrorista que deja bajo mínimos la respuesta del Estado de Derecho.

Había que ocultar una negociación que se estaba iniciando cuando se firmaba el Pacto por la Libertades.

Había que ocultar una negociación política permanente en la que se ha puesto sobre la mesa el futuro institucional del País Vasco y Navarra teniendo como interlocutores políticos, no a una sino a dos organizaciones terroristas, ETA y Batasuna. Dicen que que no aceptaron tales o cuales condiciones sobre Navarra. Pero la cuestión es: “¿qué hacían ustedes negociando sobre Navarra, con o sin acuerdos?”

Había que ocultar los hechos antes, durante y después de cada una de esas fases que arbitrariamente se han ido definiendo en este proceso.

Ha habido que mentir a todos y con reiteración: A los ciudadanos, a las víctimas, al partido del que reclamaban apoyo, a los medios de comunicación, al Parlamento Europeo y al Congreso de los Diputados. Pero eso es algo que no se puede hacer todo el tiempo.

Ha habido que engañar tanto y a tantos que al final se han engañado a sí mismos.

Vieron hombres de paz donde no había sino disciplinados recaderos de los pistoleros;


Creyeron acreedor a un trato, que decían más humanitario, a un asesino múltiple que, según parece, sabe cuándo y a quién tiene que lanzar sus órdagos.

Creyeron que el brazo político de la banda se opondría a sus amos y le hicieron interlocutor político necesario.

Y mientras los terroristas destruían y extorsionaban, verificaban el alto el fuego, liberando a la banda de la carga de demostrarlo.

Hoy, en memoria de Miguel Ángel Blanco, quiero reivindicar el valor de la verdad.

Quiero decir, en su recuerdo, que merece la pena hablar con verdad, actuar con verdad, gobernar con verdad.

Quiero decir que con la verdad no se puede jugar nunca desde las instituciones democráticas, y mucho menos si se trata de la lucha por la libertad y contra el terrorismo.

Reclamar la verdad, exigir la verdad, no es ninguna exageración de un líder de la oposición deseoso de poner en dificultades al Gobierno. Es una interpelación cívica y democrática, imprescindible en un régimen que no es de súbditos, sino de ciudadanos. Y levantar la voz en la sede de la soberanía nacional para exigirle al Gobierno la verdad es la forma más noble y más justa que conozco de cumplir con el deber de un representante ciudadano.

No es preciso seguir. Pero sí quisiera señalar lo que a mi juicio no habría que olvidar ante el futuro que nos espera.

ETA va a seguir poniendo a prueba la determinación de las instituciones del Estado para hacerle frente. Nos va a seguir poniendo a prueba desde la posición alcanzada gracias al desmantelamiento del pacto por las libertades y la neutralización de buena parte de los medios del estado de Derecho para combatir toda su estructura criminal. En unos probará su debilidad; en nosotros nuestra firmeza. Estemos preparados para que ETA no encuentre margen para desarrollar esta estrategia.

El Gobierno y su partido vuelven a equivocar sus prioridades. No es el silencio en lo que deben refugiarse sino en la verdad y en la recuperación de una auténtica política antiterrorista que no deje en ETA duda alguna de que el objetivo vuelve a ser su derrota.

Como ha reclamado, entre otros, el Partido Popular, la credibilidad que el Gobierno debe ganar en la articulación de una política antiterrorista eficaz exige la reparación de las graves fisuras que se han producido en los instrumentos del Estado de Derecho. No es posible recuperar las posiciones frente a ETA si se impide al Tribunal Supremo pronunciarse sobre la legalidad del partido Acción Nacionalista Vasca.

La acción creíble y eficaz contra el terrorismo de ETA exige actuar sobre los pistoleros pero requiere también impulsar la actuación del estado de Derecho sobre todo su entramado de organizaciones que se encuentran en trance de reconstrucción.

Y, finalmente, aclaremos conceptos, ahora que se habla de unidad. ¿Unidad? Desde luego. Tenemos la satisfacción de haber sido capaces, desde la responsabilidad de Gobierno, de haber llevado a cabo una política antiterrorista eficaz como nunca antes contra la banda terrorista, con el apoyo del 85 por ciento de los ciudadanos representados en el Congreso.

Por eso, tenemos derechos exigir que la unidad sea real, ambiciosa en sus objetivos y no condicionada por aquellos que nunca han querido avanzar. No es de recibo a estas alturas buscar la unidad en torno a un supuesto pacto de mínimos. Creo que la sociedad española en sus actitudes mayoritarias no merecen que el único horizonte de la política antiterrorista sea un pacto de mínimos; es decir una suma de generalidades entre las que, con seguridad, querrá mantenerse vigente la posibilidad de una negociación con la banda terrorista que ésta podrá abrir y cerrar a su antojo y en función de su conveniencia.

Creo que ese sería el error de contumacia más grave e inexcusable que podría cometerse. Con ETA no hay final dialogado. ETA lo sabe muy bien y lo deja claro. Hace falta ahora que se convenzan los que han creído que cuando ETA pone sus condiciones, escribe para consumo interno.

Y la realidad es que ETA siempre tendrá una posibilidad de sobrevivir si se mantiene abierta la puerta a una negociación que, como hemos visto, significa aceptar que los terroristas se sienten a negociar no el futuro, sino la destrucción de nuestro marco constitucional y estatutario, es decir la destrucción de nuestras libertades.

No me hago ilusiones. Sé muy bien que esta historia no ha acabado. Estamos viendo que lo que ocupa las energías del Gobierno no es cómo recuperar la unidad activa en la lucha contra el terrorismo, la unidad de los que representan el 85 o el 90 ciento de los ciudadanos, sino cómo se oculta un fracaso y se eluden las explicaciones exigibles. Por eso, ahora se puede hablar de todo, menos de lo que ha ocurrido con la política antiterrorista. Y ante el dedo que exige no hablar, recuérdese a Quevedo negándose a callar por más que avisen silencio o amenacen miedo.

Así que hablemos. Hablemos sin miedo de todo aquello que ha demostrado unir a la inmensa mayoría de los españoles. Hablemos de nuestro compromiso con la Libertad. Afirmemos nuestra confianza en la energía de una gran nación de ciudadanos libres que es España. Afirmemos España como el ámbito de nuestra libertad y nuestros derechos, la libertad y los derechos de todos.

No sé lo que algunos dirán. Ya sabéis que según los días, unas veces toca eso de que “hemos hecho lo mismo que Aznar” y otras aquello de que “Aznar tiene la culpa de todo”. Y las dos cosas no son posibles a la vez.

Os confieso que estando con vosotros, en una ocasión como ésta, después de ser honrado con esta distinción de la Fundación Miguel Ángel Blanco, lo que digan me preocupa muy poco.

Me basta con saberme acompañado en un día como hoy de la verdad de las víctimas, de su dignidad y del recuerdo especial de Miguel Ángel Blanco, con sus padres, con su hermana y sus amigos.

Ante ellos sólo puedo expresar mi agradecimiento infinito y ofrecerles la seguridad de mi compromiso con la memoria de Miguel Ángel en la que encontramos el ejemplo que nos inspira y el ánimo que nunca nos faltará para honrarla como merece.
Muchas gracias.

miércoles, mayo 02, 2007

Discurso de Sarkozy (extractos)



Vía "El Manifiesto". Reproduzco íntegramente lo publicado por El Manifiesto. Quien quiera leer el discurso completo (en francés) puede hacerlo pinchando AQUI

«El pensamiento único, que es el pensamiento de quienes lo saben todo, de quienes se creen no sólo intelectualmente sino también moralmente por encima de los demás, ese pensamiento único había denegado a la política la capacidad para expresar una voluntad. Había condenado la política. Había profetizado su caída imparable frente a los mercados, las multinacionales, los sindicatos, Internet. Se sostenía que en el mundo tal cual es hoy, con sus informaciones que se difunde instantáneamente, sus capitales que se desplazan cada vez más rápido y sus fronteras ampliamente abiertas, la política ya no jugaría más que un papel anecdótico y que ya no podría expresar una voluntad, porque el poder pronto estaría compartido, diluido, disperso en red; porque las fronteras estarían totalmente abiertas y los hombres, los capitales y las mercancías circularían sin obedecer a nadie. Pero la política retorna. Retorna por todas partes en el mundo. La caída del Muro de Berlín pareció anunciar el fin de la Historia y la disolución de la política en el mercado. Dieciocho años después, todo el mundo sabe que la Historia no ha terminado, que siempre es trágica y que la política no puede desaparecer porque los hombres de hoy sienten una necesidad de política, un deseo de política como rara vez se había visto desde el fin de la segunda guerra mundial. (...)

La necesidad de política tiene por corolario la necesidad de nación. La nación también había sido condenada. Pero aquí está de nuevo, para responder a la necesidad de identidad frente a la mundialización, vivida como una empresa de uniformización y mercantilización del mundo en la que ya no quedaría lugar para la cultura y para los valores del espíritu. Quizá la inquietud es excesiva, pero es bien real y expresa una necesidad de identidad muy fuerte. Por todas partes la he encontrado en esta campaña; en todas partes me han hablado de ella gentes de toda condición. Pero la nación no es sólo la identidad. Es también la capacidad de estar juntos para protegerse y para actuar. Es el sentimiento de que no se está solo para afrontar un futuro angustioso y un mundo amenazante. Es el sentimiento de que, juntos, se es más fuerte, y podremos hacer frente a lo que, solos, no podríamos afrontar. (...)

Yo he querido volver a poner la voluntad política y Francia en el corazón del debate político. La voluntad política y la nación están siempre para lo mejor y para lo peor. El pueblo que se moviliza, que se convierte en una fuerza colectiva, es una potencia temible que puede actuar tanto para lo mejor como para lo peor. Hagamos las cosas de manera que sea para lo mejor. Conjuraremos lo peor respetando a los franceses, manteniendo nuestros compromisos, respetando la palabra dada. Conjuraremos lo peor haciendo que la moral retorne a la política. (...)

No me da miedo la palabra “moral”. Desde mayo de 1968 no se podía hablar de moral. Era una palabra que había desaparecido del vocabulario político. Hoy, por primera vez en decenios, la moral ha estado en el corazón de la campaña presidencial. Mayo del 68 nos había impuesto el relativismo intelectual y moral. Los herederos del 68 habían impuesto la idea de que todo vale, de que no hay ninguna diferencia entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, entre lo bello y lo feo. Habían querido hacernos creer que el alumno vale tanto como el maestro, que no hay que poner notas para no traumatizar a los malos alumnos, que no había diferencias de valor y de mérito. Habían querido hacernos creer que la víctima cuenta menos que el delincuente, y que no puede existir ninguna jerarquía de valores. Habían proclamado que todo está permitido, que la autoridad había terminado, que las buenas maneras habían terminado, que el respeto había terminado, que ya no había nada que fuera grande, nada que fuera sagrado, nada admirable, y tampoco ya ninguna regla, ninguna norma, nada que estuviera prohibido.

Recordad el eslogan de Mayo del 68 en las paredes de la Sorbona: “Vivir sin obligaciones y gozar sin trabas”. Así la herencia de Mayo del 68 ha liquidado a la escuela de Jules Ferry en la izquierda francesa, que era una escuela de la excelencia, del mérito, del respeto, del civismo; una escuela que quería ayudar a los niños a convertirse en adultos y no a seguir siendo niños grandes, una escuela que quería instruir y no infantilizar, porque había sido construida por grandes republicanos que tenían la convicción de que el ignorante no es libre. Pero la herencia de Mayo del 68 ha liquidado esa escuela que transmitía una cultura común y una moral compartida, cultura y moral gracias a las que todos los franceses podían hablarse, comprenderse, vivir juntos. La herencia de Mayo del 68 ha introducido el cinismo en la sociedad y en la política. Han sido precisamente los valores de Mayo del 68 los que han promovido la deriva del capitalismo financiero, el culto del dinero-rey, del beneficio a corto plazo, de la especulación. El cuestionamiento de todas las referencias éticas y de todos los valores morales ha contribuido a debilitar la moral del capitalismo, ha preparado el terreno para el capitalismo sin escrúpulos y sin ética, para esas indemnizaciones millonarias de los grandes directivos, esos retiros blindados, esos abusos de ciertos empresarios, el triunfo del depredador sobre el emprendedor, del especulador sobre el trabajador. (...)

Los herederos de Mayo del 68 han degradado el nivel moral de la política. Todos esos políticos que reivindican la herencia de Mayo del 68, dan al prójimo lecciones que jamás se aplican a sí mismos, quieren imponer a los demás comportamientos, reglas, sacrificios que jamás se imponen a sí mismos. Proclaman: “Haced lo que yo digo, no hagáis lo que yo hago”. Ésa es la izquierda heredera de Mayo del 68, la que está en la política, en los medios de comunicación, en la administración, en la economía. La izquierda que le ha tomado gusto al poder, a los privilegios. La izquierda que no ama a la nación porque no quiere compartir nada. Que no ama a la República porque no ama la igualdad. Que pretende defender los servicios públicos, pero que jamás veréis en un transporte colectivo. Que ama tanto la escuela pública, que a sus hijos los lleva a colegios privados. Que dice adorar la periferia, pero que se cuida muy mucho de vivir en ella. Que siempre encuentra excusas para los violentos, a condición de que se queden en esos barrios a los que ella, la izquierda, no va jamás. Esa izquierda que hace grandes discursos sobre el interés general, pero que se encierra en el clientelismo y el corporativismo. Que firma peticiones y manifiestos cuando se expulsa a algún “okupa”, pero que no aceptaría que se instalaran en su casa. Que dedica su tiempo a hacer moral para los demás, sin ser capaz de aplicársela a sí misma. Esa izquierda, en fin, que entre Jules Ferry y Mayo del 68 ha elegido Mayo del 68, es la que condena a Francia a un inmovilismo cuyas principales víctimas serán los trabajadores, los más modestos, los más pobres.

Ésa es la izquierda que desde Mayo del 68 ha renunciado al mérito y al esfuerzo, que ha dejado de hablar a los trabajadores, de sentirse concernida por la suerte de los trabajadores, de amar a los trabajadores; porque el valor trabajo ya no forma parte de sus valores, porque su ideología ya no es la de Jaurès o la de Blum, que respetaban a los trabajadores, sino que ahora la ideología de la izquierda es la del reparto obligatorio del trabajo, la de las 35 horas, la del asistencialismo. La crisis del trabajo es ante todo una crisis moral, y en ella la herencia de Mayo del 68 tiene una enorme responsabilidad. Yo quiero rehabilitar el trabajo, quiero devolver al trabajador el primer lugar en la sociedad. (...)

La herencia de Mayo del 68 ha debilitado la autoridad del Estado. Esos herederos de los que en Mayo del 68 gritaban “CRS = SS”, toman sistemáticamente partido por los violentos, los alborotadores y los estafadores contra la policía. Lo hemos visto tras los incidentes de la Estación del Norte. En lugar de condenar a los violentos y de apoyar a las fuerzas del orden y su difícil trabajo, no se les ha ocurrido nada mejor que esta frase, que merecería ser inscrita en los anales de la República: “Es inquietante constatar que se ha abierto una fosa entre la policía y la juventud”. Como si los vándalos de la Estación del Norte representaran a toda la juventud francesa. Como si fuera la policía la que estaba actuando mal, y no los violentos. Como si los violentos hubieran destrozado todo y saqueado los comercios para expresar una revuelta contra una injusticia. Como si el hecho de ser jóvenes lo excusara todo. Como si la sociedad fuera siempre culpable y el delincuente siempre inocente. Ésos son los herederos de Mayo del 68, que denigran la identidad nacional, que atizan el odio a la familia, a la sociedad, al Estado, a la nación, a la República.

En estas elecciones se trata de saber si la herencia de Mayo del 68 debe ser perpetuada o si puede ser liquidada de una vez por todas. Yo quiero pasar la página de Mayo del 68. Pero tiene que ser más que un gesto. No hay que contentarse con poner banderas en los balcones el 14 de julio y cantar la Marsellesa en vez de la Internacional en los mítines del Partido Socialista. No se puede decir que se desea el orden y tomar sistemáticamente partido contra la policía. No es posible seguir denunciando la “provocación” y el “Estado policial” cada vez que la policía intenta hacer respetar la ley. No se puede decir que uno apuesta por el valor del trabajo y, al mismo tiempo, generalizar las 35 horas, seguir cargándolo con impuestos y estimular la mentalidad del asistido, del que cobra del Estado para no trabajar. No se puede decir que se desea obstaculizar las deslocalizaciones y al mismo tiempo rechazar cualquier experimentación del IVA social, que permite financiar la protección social con las importaciones. No es posible proclamar grandes principios y negarse a inscribirlos en la realidad. Yo propongo a los franceses romper realmente con el espíritu, con los comportamientos, con las ideas de Mayo del 68, con el cinismo de Mayo del 68. Propongo a los franceses devolver a la política la moral, la autoridad, el trabajo, la nación. Les propongo reconstruir un Estado que haga realmente su trabajo y que, en consecuencia, domine las feudalidades, los corporativismos y los intereses particulares. Les propongo rehacer una República una e indivisible contra todos los comunitarismos y todos los separatismos. Les propongo reedificar una nación que de nuevo esté orgullosa de sí misma. (...)

Al poner sistemáticamente los derechos por encima de los deberes, los herederos de Mayo del 68 han debilitado la idea de ciudadanía. Al denigrar la ley, el Estado y la nación, los herederos de Mayo del 68 han favorecido el crecimiento del individualismo. Han incitado a cada cual a no pensar más que en sí mismo y a no sentirse concernido por los problemas del prójimo. Yo creo en la libertad individual, pero quiero compensar el individualismo con el civismo, con una ciudadanía hecha de derechos pero también de deberes. Quiero derechos nuevos, derechos reales y no virtuales. Quiero un derecho real a un techo, al alojamiento. Un derecho real al cuidado de los hijos, a la escolarización de niños con minusvalías, a la dependencia para los mayores. Quiero el derecho a un contrato de formación para los jóvenes de más de 18 años, y a la formación a lo lago de toda la vida. Quiero el derecho a la caución pública para aquellos que no tienen padres, para los que no tienen relaciones, para los enfermos a los que no se les quiere prestar porque se considera que representan un riesgo demasiado elevado. Quiero el derecho a un contrato de transición profesional para los que están en paro.

Pero quiero que estos derechos estén equilibrados con los deberes. La ideología de Mayo del 68 habrá muerto cuando la sociedad se atreva a recordar a cada cual sus deberes, cuando en la política francesa se ose proclamar que, en la República, los deberes son la contrapartida de los derechos. Ese día al fin se habrá realizado la gran reforma moral e intelectual que Francia necesita una vez más. Entonces podremos reconstruir sobre cimientos renovados esa República fraternal que es el sueño siempre inacabado, nunca realizado de Francia desde el primer día en que tuvo conciencia de su existencia como nación. Porque Francia no es una raza, no es una etnia, ni sólo un territorio; Francia es un ideal incansablemente perseguido por un gran pueblo que, desde su primer día, cree en la fuerza de las ideas, en su capacidad para transformar el mundo y hacer la felicidad de la humanidad.

Quiero decírselo a los franceses: el pleno empleo, el crecimiento, el aumento del poder adquisitivo, la revalorización del trabajo, la moralización del capitalismo, todo eso es necesario y es posible. Pero eso no son más que medios que deben ser puestos al servicio de una cierta idea del hombre, de un ideal de sociedad donde cada cual pueda encontrar su lugar, donde la dignidad de todos y cada uno sea reconocida y respetada.»




viernes, abril 27, 2007

Discurso del 40 aniversario del Día D - Ronald Reagan

Hoy me apetece recuperar un gran discurso, pronunciado por un gran político: Ronald Reagan.



Vía Liberalismo.org

Discurso pronunciado en Pointe du Hoc, Normandía, el 6 de junio de 1984.

Estamos aquí para conmemorar ese día de la historia en el que los pueblos Aliados se unieron en la batalla para recuperar la libertad de este continente. Durante cuatro largos años, gran parte de Europa estuvo bajo una sombra terrible. Las naciones libres habían caído, los judíos clamaban en los campos, millones gritaban por la liberación. Europa estaba esclavizada, y el mundo rezaba por su rescate. Aquí en Normandía comenzó el rescate. Aquí, los aliados aguantaron y lucharon contra la tiranía en un esfuerzo gigantesco sin igual en la historia humana.

Nos encontramos en un punto de la costa norte de Francia, solitario y azotado por el viento. El aire es suave, pero hace cuarenta años en este momento, el aire estaba denso de humo y gritos de hombres, lleno del golpeteo de los fusiles y el rugido de los cañones. Al amanecer, en la mañana del 6 de Junio de 1944, 225 Rangers saltaron del buque de desembarco británico y corrieron a la base de esos acantilados. Su misión era una de las más difíciles y atrevidas de la invasión: escalar esos escarpados y desolados acantilados y eliminar los cañones enemigos. Los aliados habían recibido información de que algunos de los cañones más poderosos estaban ahí y que serían dirigidos a las playas para detener la invasión aliada.

Los Rangers levantaron la vista y vieron a los soldados enemigos, en el borde de los acantilados disparándoles con ametralladoras y lanzando granadas. Y los Rangers americanos empezaron a escalar. Dispararon escalas de cuerda sobre los acantilados y comenzaron a ascencer. Cuando un Ranger caía, otro ocupaba su lugar. Cuando se cortaba una cuerda, un Ranger cogía otra y comenzaba de nuevo el ascenso. Escalaron, devolvieron los disparos, y mantuvieron la posición. Pronto, uno tras otro, los Rangers alcanzaron la cumbre, y tomando el terreno firme sobre esos acantilados, comenzaron a recuperar el continente europeo. Doscientos veinticinco vinieron aquí. Después de dos días de combates solo noventa podían aún llevar sus armas.

Detrás de mi hay un monumento que simboliza a los arrojados Rangers que se lanzaron sobre la cumbre de estos acantilados. Y detrás de mi están los hombres que les pusieron allí.

Estos son los muchachos de Pointe du Hoc. Estos son los hombres que tomaron los acantilados. Estos son los campeones que ayudaron a liberar un continente. Estos son los héroes que ayudaron a terminar una guerra.

Señores, les miro y pienso en las palabras del poema de Stephen Spender. Sois hombres que en vuestras "vidas luchasteís por la vida... y dejásteis vívido el aire firmado con vuestro honor".

Han pasado cuarenta veranos desde la batalla que luchásteis aquí. Erais jóvenes el día que tomásteis estos acantilados; algunos de vosotros apenas erais más que muchachos, con los más profundos placeres de la vida ante vosotros. Y aun así lo arriesgasteis todo aquí. ¿Por qué? ¿Por qué lo hicísteis? ¿Qué os impulsó a poner a un lado el instinto de supervivencia y arriesgar vuestras vidas para tomar estos acantilados? ¿Qué inspiró a todos los hombres de los ejercitos que se unieron aquí? Os contemplamos, y de algún modo sabemos la respuesta. Era fe, y creencia; era lealtad y amor.

Los hombres de Normandía tenian fe en que lo que hacían era correcto, fe en que luchaban por toda la humanidad, fe en que un Dios justo les concedería clemencia en esta cabeza de playa o en la siguiente. Era el conocimiento profundo - y quiera Dios que no lo hayamos perdido - de que hay una profunda diferencia moral entre el uso de la fuerza para la liberación y el uso de la fuerza para la conquista. Vostros estabais aquí para liberar, no para conquistar, y así ni vosotros ni esos otros dudásteis de vuestra causa. Y hacíais bien en no dudar.

Todos sabíais que hay cosas por las que merece la pena morir. El país de uno, es una causa por la que morir, y la democracía es una causa por la que morir, porque es la forma de gobierno más profundamente honorable que ha creado el hombre. Y todos amabais la libertad. Y todos estabais deseosos de combatir la tiranía, y sabíais que la gente de vuestros países os respaldaba.

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